El Ar-Té de Saber Escuchar

Había estado sumido en tinieblas durante muchos días cuando alguien finalmente abrió el envoltorio. Una luz cegadora y artificial lo iluminó todo y tuve la sensación de que me elevaban por los aires dándome vueltas una y otra vez lo cual me mareó un poco. Cuando intenté respirar, el nuevo aire me axfixió de inmediato y me quedó clara una cosa: esto no era mi hogar. Tomaría días antes de que pudiese acostumbrarme a mis nuevos entornos, pero tenía la mejor disposición y esperaba que mi interlocutor tuviese algo de paciencia, cosa que supe no iba a suceder cuando tomó un trozo de mi y lo colocó en una tetera. Quise decirle: “Ey! No estoy listo!”, pero ya saben, no tener boca nunca ayuda. Las manos que me sostenían, que no estaban precisamente limpias, me dejaron en una esquina cerca de donde se encontraba la tetera, y aunque no era lo ideal para mi salud me alegré pues así podría observar la sesión. El humano comenzó a calentar el agua en una caldera gigante, o al menos así me lo pareció desde mis reducidos 91 gramos. La caldera finalmente estuvo lista, el humano la abrió, observó dentro con indiferencia y dejó que el agua siguiese en lo suyo, a lo cual quise protestar: “Se te va a pasar el agua, después no digas que no te lo advertí.” Finalmente después de lo que se sintieron como horas, el humano apagó el fuego, pensé que dejaría descansar el agua al menos unos segundos, pero no fue así. Con sus grandes manos colocó la humeante caldera sobre la tetera y vertió el agua directamente sobre esa parte de mi. Naturalemente tengo una muy buena disposición hacia las manos torpes así que no me preocupé en lo absoluto. El humano sirvió el líquido en su taza y se la llevó a los labios. Me erguí sobre mi mismo e inflé un pecho imaginario para darle un tour a su paladar, sin embargo la expresión de su rostro me consternó, ya había visto esa expresión en la fábrica donde me habían creado y nunca terminaba en nada bueno, sin embargo luego hizo algo que me lastimó aún más: desechó lo que le quedaba de su taza. Me dije a mi mismo que debía calmarme, tenía mas oportunidades para impresionarle, así que me preparé para cuando la segunda taza estuvo lista, sin embargo no pude ni comenzar a hablar ya que la segunda taza también fue desechada. El humano se puso en pie y buscó otra tetera, otra taza distinta lo cual me desagradó un poco pues los implemetos elegidos me parecían ideales, pero aún así estaba mas que dispuesto a contarle una historia que no pudiese olvidar en su vida. Una vez más sirvió otra taza la cual no llegó ni a tocar sus labios, el simple aroma fue lo suficientemente “desagradable” como para ser vilmente desechada junto con las anteriores. Ahora comenzaba a enfadarme. Intenté hablar, mover los brazos que no tenía, hacer algún tipo de señal, pero este humano era totalmente sordo a las palabras del té. Esta vez tomó la caldera y vertió el agua en la tetera con total aburrimiento. No quería rendirme, deseaba con todas mis fuerzas poder expresarme, contarle sobre los campos donde nací, las estaciones que tuve que soportar, sobre el calor del sol y los aromas de la lluvia, sobre como día tras día, mes tras mes, otros humanos cuidaron de mi y perfeccionaron cada uno de mis atributos para que pudiesen ser disfrutados en una taza, pero todo esto era silenciado por la voz de alguien que no deseaba escuchar otra cosa que a sus propios pensamientos. Y fue así como enfurecido, expresé toda mi frustración en esa última taza. No tuve que observar su rostro para saber lo que había ocurrido, finalmente pudimos tener una conversación, finalmente me había escuchado, era una lástima que sólo había percibido mi enojo, el cual siempre tiene un tono amargo y deja una sensación desagradable. Con sus torpes manos me arrojó a un rincón oscuro, sin protección alguna, donde tristemente mengüé hasta perder todo lo que alguna vez fue mi historia.
Carta abierta para aquellos que desean imponer sus propios pensamientos al té, ignorando que ellos tienen su propia historia que contar.
Alain.

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