La muerte de los Maestros

Vivimos en una época tecnológica, la necesidad de saciar nuestra curiosidad puede durarnos tan solo unos segundos mientras sacamos el teléfono móvil de nuestro bolsillo y le preguntamos a Google como cocinar una crepe con la forma de la cara de George Clooney. Nuestra conexión con el universo ha pasado a depender de un cable o una pantalla y sin estos instrumentos algunos individuos pasarían a sentir la mas completa y sombría depresión, a su vez la artificial señal de un WiFi parece ser el único espíritu que se mueve entre nosotros y solo hace falta que el router deje de funcionar para que alcemos el puño al cielo en señal de protesta ya que el malfuncionamiento de este mismo no nos permite compartir la foto en Facebook de lo que estamos desayunando, como si el mundo se fuese a detener porque no hemos recibidos los likes del día. El té no ha sido ajeno a los cambios de esta era tecnológica, y aunque en muchos aspectos esto significa algo positivo siento que cada vez somos menos los tradicionalistas que hablamos en un lenguaje teísta que parece estar cayendo en el desuso.

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Tuve la bendición de aprender sobre el té con una amiga que provenía de China, y aunque a los doce años de edad mi madurez no era la ideal, no entendía muchos de los principios básicos y mi naturaleza rebelde me hacía cuestionar cada técnica que me era enseñada, las raíces se ese aprendizaje se mantuvieron fuertemente adheridas al suelo donde fueron plantadas. Mi teísta interno no fue concebido con redes sociales, blogs, foros de discusión o revistas, todo lo que me fue enseñado se encontraba en el viento que acariciaba el césped y que se llevaba el vapor que salía de la tetera, o en el sol que nos quemaba las mejillas pero mantenía caliente las tazas, a veces podía ser la observación divertida de un insecto que se colaba en la mesa de té y se comía los terrones de azúcar, o simplemente contemplar como bailaban las hojas de té en un bowl, no existían anotaciones de aromas y sabores percibidos, ni discusiones sobre las sensaciones que el té producía en el paladar o garganta, aquello que reinaba en estas sesiones de té era la esencia mas pura: el silencio.

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Hoy en día existen diversas corrientes dentro del mundo del té y aunque no tengo nada más que respeto por las profesiones que giran en torno a la camellia sinensis, es necesario que las personas entiendan que un diploma grabado con horas académicas de estudio jamás va a sustituir el trabajo de un Maestro que ha consagrado su vida entera a este oficio. De igual manera encuentro sin sentido las largas discusiones online de aquellos que poseen “la manera perfecta para añejar un té” o “el mejor método para hacer la taza ideal de té oolong”. Tampoco puedo comprender el afán de algunas personas que han convertido la simplicidad de preparar una taza de té en un experimento científico donde todo debe estar precisa y finamente calculado, desde temperaturas exactas hasta los segundos precisos que el té ha estado en contacto con el agua. En mi humilde opinión todo este ruido lo único que hace es ahogar lo único que deberíamos estar escuchando: la propia voz del té.

 

El té es como el arte: subjetivo, un Maestro entiende esto a la perfección, alentando a sus alumnos a encontrarse con sus propios gustos y a ver la propia vida reflejada en algo tan sencillo como infusionar unas hojas en agua caliente. Los verdaderos Maestros del té no surgen de horas académicas diseccionando numerosos tipos de té para luego recibir un título, tampoco se hacen por acumular para si mismos todo el conocimiento del vasto e infinito mundo del té, los Maestros no complican el lenguaje del té para que todos piensen que son eruditos, si acaso hacen que este sea mas comprensible para todos aquellos que desean aprender, los verdaderos Maestros de té buscan trascender todas las cosas, no buscan notoriedad ni aprovecharse del dinero de aquellos que desean ampliar su conocimiento, su anhelo mas profundo yace en el fondo de una taza, su talento natural es crear belleza líquida y su método preferido de enseñanza no implica el uso de palabras, es precisamente este silencio lo que hace tan difícil la tarea de encontrarles ya que bien uno de ellos pudiese ser esa persona que va junto a ti en el bus o ese otro que tropezaste mientras caminabas por la calle, lo que sigue siendo cierto es que aquellos que tengan el corazón dispuesto encontrarán a su Maestro al debido tiempo, aunque la era moderna nos haga pensar que estos han muerto.

Alain.

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2 Comments Add yours

  1. Amaia says:

    No puedo estar más de acuerdo con este texto, la era que ha creado el ser humano nunca estuvo tan lejos de la esencia, de lo puro y la espontaneidad.hoy día creemos que es mejor calcularlo todo, tener todo preparado sin dejar margen al error natural, del cual debieramos valernos para aprender. Títulos, papeles, horas académicas…un largo etcétera que nos aleja del ser, de la improvisación, de la naturalidad. Y el té, por mucho que se empeñen hoy en día, es fluidez, es espontaneidad y es escucha, nosotros no mandamos sobre el té, él es el que nos guía, escuchémoslo…

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    1. Alain Gaskin says:

      Muy acertadas tus palabras Amaia! Mil bendiciones para ti!

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